Raza, clases y economía del cannabis en El Caribe

Por Kevin Edmonds

“Legalize it” (Legalízala) fue la expresión del músico jamaiquino Peter Tosh. Palabras, en inglés, que se convirtieron en un grito de guerra en El Caribe para la comunidad Rastafari y también para los fumadores recreacionales de cannabis. Además, la expresión se hizo eco alrededor del mundo. De hecho, El Caribe y la ganja son sinónimos para mucha gente.

La discusión para autorizar el uso de la ganja con fines medicinales —y su eventual descriminalización— en El Caribe es mucho más compleja de lo que parece. Si la descriminalización o legalización del cannabis ocurre sin la suficiente regulación regional y doméstica, El Caribe podría perder una de sus más lucrativas exportaciones, aunque ilícita. Las cosas son más complejas que un grito de guerra.

Los gobiernos caribeños abrieron la puerta un poco más a la discusión sobre cannabis medicinal. Sin dudas, esperan ese dinero caído del cielo que vendrá con los impuestos a la regulación propuesta. Sin embargo, no discutieron sobre los productores actuales ni cómo asegurar su sobrevivencia. El otro problema es la amenazante perspectiva de que las corporaciones multinacionales o personas adineradas dominen el nuevo comercio legalizado.

Solo tenemos que ver las consecuencias en Colorado y Washington para ver cómo las corporaciones y los ricos rápidamente pueden dominar una industria ilícita que antes dependía de la demonización, criminalización y el repetido encarcelamiento de cuerpos negros y marrones para que el negocio fuera rentable.

Venta de ganja en la casa de Bob Marley, Jamaica. Foto: Patrick Talbert "Ganja at Bob Marley house". CC BY-NC-SA 2.0.
Venta de ganja en la casa de Bob Marley, Jamaica. Foto: Patrick Talbert “Ganja at Bob Marley house”. CC BY-NC-SA 2.0.

 

Durante mi estadía en San Vicente y Santa Lucía, vi aumentar la preocupación y el escepticismo sobre quién se beneficiará con la legalización del cannabis en El Caribe.

Junior Spirit Cottle, líder de la Asociación Sanvicentina de Cultivadores de Marihuana admite que el asunto de la ganja corta profundo temas de raza y clase social.

Michelle Alexander, autor de The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, se pregunta si lo que ayer fue indeseable hoy es deseable.

—Los hombres blancos están preparados, en equilibrio, para administrar grandes negocios de marihuana. Sueñan con hacer mucho dinero (…) luego de 40 años encarcelando chicos negros por vender hierba destruyendo su futuro y sus familias. ¿Ahora el hombre blanco planea hacerse rico haciendo la misma cosa?

Además, las economías de escala y los desequilibrios del poder en el sistema capitalista internacional, sugieren que los países grandes, como Estados Unidos o Canadá podrán producir cannabis más barato por su gran disponibilidad de tierra, capital y tecnología.

Sin dudas, esto no es ajeno para los pequeños productores de ganja en El Caribe. La gente marginada por vender unos sobrecitos de cannabis en la cuadra del barrio no tendrá empleo tras la legalización. Sin habilidades ni facilidades, necesarias para competir con los grandes productores, podrían terminar en el mercado de la cocaína, un negocio más lucrativo y también un comercio más violento que la ganja que tiene sus raíces comunitarias.

En “The ganja document: exploring decriminalization in St. Lucia”, André de Caires, del movimiento cannábico de Santa Lucía, describió cómo la economía del cannabis es un salvavidas para las comunidades marginadas por las políticas y los acuerdos de comercio liberales votados en la década de 1990.

—Muchos ciudadanos de este país, no involucrados de manera alguna y totalmente apartados de la “cultura” de la ganja, desconocen el significado y el estímulo que este sector otorga a la economía. Este dinero circula entre las clases bajas, entre quienes no completaron la educación formal, el gueto joven y los desfavorecidos en general. Esta es una economía escondida y está bajo el radar del gobierno. Contribuye significativamente al alivio de la pobreza entre tantas personas marginadas en Santa Lucía. No es una economía de goteo como el turismo. Su modelo económico funciona como filtro, como cualquier otro modelo basado en la agricultura. El dinero que genera la industria de la ganja queda en el país. Algo diferente ocurre con el turismo, porque esos dólares terminan en el extranjero en gran porcentaje.

En San Vicente y Granadinas, la cuestión es similar. El activista cannábico, Cottle, argumenta que el debate de la legalización no puede aislarse de la histórica lucha popular y política de El Caribe.

En nuestra entrevista Cottle auguró que para los países caribeños la regulación no será fácil.

—Si los países no pueden implementar por sí mismos cualquier iniciativa que hable de legalización, la solución debe ser regional y centrarse en la transformación social para la gente más pobre que cultiva ganja. Ellos no tienen un sistema adecuado que asegure otro modo de vida. Estoy en contra de la tendencia actual de promulgar la legalización y hacer frente a las consecuencias después. La reforma de la ganja debe ser parte de un programa político más amplio que logre un cambio social significativo.

El Caribe necesita ampliar la discusión del uso médico del cannabis, la descriminalización y una eventual legalización de la planta, para asegurarse que los pequeños productores no sean desplazados de las reformas. El reloj hace tic tac. En muchos de los países de El Caribe, esta discusión con los productores no comenzó. Y esto es un problema especial desde que el CARICOM creó una comisión que debata la descriminalización de la ganja.

A Cottle y de Caries les preocupa no repetir la historia que El Caribe conoce bien. Durante la “Banana War” (Guerra de la Banana) de la Organización Mundial del Comercio, ese sector caribeño de la agricutlura fue considerado ineficiente y luego insignificante, fue abierto a la fuerza y los países caribeños se inundaron con productos agrícolas extranjeros.

Los resultados de Washington y Colorado sugieren un futuro similar, decenas de miles de jovenes —hombres y mujeres— negros y marrones continúan en prisión por “la mejor idea de inversión de la próxima década”, según Yahoo Finanzas.

Si los gobiernos de El Caribe no son cuidadosos, pronto estarán importando la misma ganja que demonizaron y penalizaron por tantos años.
Artículo, gentileza de NACLA y Kevin Edmonds. Original (en inglés).

 

El limbo de la mariposa

Por Andrea Aldana
En Medellín.

¡Marihuanera! ¡Irresponsable!

—¡Con todos esos tatuajes hasta drogadicta debes ser!

—¿Cómo le das marihuana a la niña? ¡Descarada!

Esas y muchas otras cosas le gritaron a Inés Cano mientras caminaba en la “marcha cannábica” llevando a Luna Valentina de la mano. Fue en mayo de 2014, era la séptima marcha en Medellín, pero era la primera vez que madre e hija asistían.

Luna, con once años acabados de cumplir, apretó la mano de su madre en señal de apoyo y entonces Inés, respondiendo al gesto, se tapó los oídos con fuerza y meneó la cabeza como diciendo no. Alejó su vista de los censuradores y simplemente gritó.

—¡No me importa! ¡No me importa! ¡Mi Luna ya no convulsiona!

La niña se unió al contraataque. Se estrechó a su madre y elevó el cartelito que antes llevaba colgado sobre el pecho, un rectángulo en cartulina blanca con hoja de marihuana en el centro y una frase en rojo que decía: “Soy la jardinera de mi propia medicina”.

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Inés Cano, Luna y una mariposa por año. Foto Fundaluva.
Inés Cano, Luna y una mariposa por año. Foto Fundaluva.

Treinta y nueve convulsiones por hora torturaron a Luna durante once años, absolutamente todos los días desde que se levantaba hasta que se dormía. Los doctores diagnosticaron epilepsia refractaria, un tipo de enfermedad que no responde a la medicación.

La condición de la niña empeoró. Su madre empezó a comparar a la niña con una mariposa. “Son animalitos libres pero tienen una vida corta y frágil, como mi hija”. Por eso decidió tatuarse una mariposa por cada año de supervivencia de Luna. De ahí vienen los tatuajes.

El último ataque fue crítico, llevó a la niña a cuidados intensivos. A finales de 2014, cuando las agujas entintaron la onceaba mariposa, Inés pensó que tal vez sería el último aleteo que se tatuaba.

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Destilación de cannabis en del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.
Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

De cuerpo menudo, estatura media baja, pelo negro cortado casi a ras, ojos grandes y vivaces, Paola Pineda es conocida como “la doctora del cannabis”, porque tal vez sea la única doctora en Colombia que prescribe marihuana medicinal.

Ella le entregó a Inés un frasquito de 30 mililitros con aceite de cannabis para dosificarle diariamente a la niña.

Antes de dormir, a las once de la noche, la niña recibió su primera gota.

Veinte minutos después, el teléfono de la médica sonó. Era Inés.

— Doctora, Luna se me va a morir.

 

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Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.
Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

Debido a su osadía —prescribir cannabis en Colombia es un verdadero desafío—, Pineda es constantemente entrevistada por los medios de comunicación. Habla con premura, suelta muchos datos en poco tiempo. Trató más de 1000 pacientes con marihuana medicinal.

— ¿Usted cree que este decreto lo hicieron para favorecer la empresa extranjera?

— No creo que haya sido el espíritu de la ley, pero es verdad que está perjudicando a los productores locales que llevan años trabajando el tema de la marihuana medicinal en Colombia.

—En la ley, uno de los requisitos para obtener la licencia es tener un seguro para la producción. ¿Usted se imagina una póliza para asegurar la marihuana producida en Colombia?

— Esa ha sido la mayor traba y lo que más perjudica a las pequeñas productoras locales.

— Las aseguradoras también están trabadas. No tienen idea de qué hacer, sólo aseguran si la productora garantiza 100 mil dólares anuales de liquidez. Los cultivadores como mucho llegan 30 mil. ¿Con qué van a respaldar?

— La inversión extranjera sí tiene con qué. Mire, ahí está Savitex, la única con registro sanitario. Pero a mí en realidad lo que me preocupan son los pacientes, cómo van a acceder a la droga.

— El Sativex más barato que se consigue en Europa vale 400 euros.

—No lo digo sólo por el precio, de aquí a que la ley se aplique los pacientes van a quedar casi dos años en el limbo.

 

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Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.
Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

 

El limbo que menciona Pineda es fácil de entender. Ningún productor podrá vender cannabis medicinal por dos años. Solo se puede comercializar el Sativex, un fármaco de la multinacional GW Pharmaceutical (partner de Novartis, Bayer y otras empresas farmacéuticas). 10 mililitros cuestan unos 450 dólares, y en unos pocos días el frasco se acaba.

La legalización de la marihuana con fines medicinales se plasmó en Colombia con del decreto presidencial 2467 de 2015 y la resolución 1816 de 2016 del Ministerio de Salud y Protección Social.

El más longevo político en estos temas es el senador Juan Manuel Galán, hijo de Luis Carlos Galán, candidato presidencial asesinado por orden de Pablo Escobar en agosto de 1989.

Hoy, Galán hijo, defiende la legalización. Supo de la doctora Pineda y de sus 1000 pacientes a quienes continúa formulándoles cannabis según sus necesidades. El senador la invitó al congreso para explicar por qué, en algunos casos, era necesario —sino urgente— consumir marihuana para sobrellevar varias enfermedades como cáncer, artritis, esclerosis múltiple, epilepsia y VIH.

— ¡Pero imagínese! Yo formulo. ¿Pero dónde les digo que la compren? Acá transitamos una línea muy delgada con lo ilegal. Eso me llevó a buscar a los productores, me hablaron de Cannalivio y me fui a Medellín a buscarlos.

Susana, amiga de Inés Cano, supo que Pineda visitaba Medellín para tratar pacientes con marihuana. La buscó, le contó que la hija de su amiga tenía epilepsia refractaria y que temían por su vida. Pineda revisó a la niña y se fue donde Jorge Montoya y Mauricio García, fundadores de Cannalivio. Tenía el caso clínico en su carpeta y en conjunto desarrollaron una fórmula de aceite cannábico exclusiva para Luna.

—¡¿Marihuana?! Pero cómo le voy a dar marihuana a Luna, doctora. No soy capaz.

Fue lo que dijo Inés cuando supo cuál era el tratamiento recomendado, pero luego de una extensa explicación, accedió. La primera noche, ya en cama y a punto de dormir, Luna abrió su boca, levantó la lengua y recibió sólo una gota. Veinte minutos después, Inés, asustada, llamó a Pineda.


— Doctora, Luna se me va a morir.

—Cálmate, Inés. ¿Qué tiene Luna?

—Está pálida, tiene mucho frío, está helada, no deja de temblar.

—Le bajó la presión. Acuéstate junto a ella y abrígala.
El diálogo y la preocupación se repitieron hasta el noveno día cuando las cosas cambiaron.

Doctora, Luna no convulsionó hoy. No sé qué es esto. Estoy asustada. Luna no convulsionó por primera vez en su vida. Usted es un ángel. Esas gotas son un milagro.

Pero no era un milagro, era ciencia. Los cannabinoides ayudan como ningún otro medicamento ante las epilepsias refractarias.

 

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Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

Cannalivio surte pacientes medicinales, como Luna, con ungüento, linimento, barra hidratante o aceites. No venden flores para fumar, pero la policía todavía no entiende eso, dice Jorge Montoya.

—Llevamos nueve años con Cannalivio y cada vez que sale nuestro nombre, o se nos menciona en cualquier medio, la policía o la fiscalía nos vienen a visitar. Piensan quién sabe en qué negocio de tráfico estamos metidos. Por eso no nos gusta dar entrevistas, nos molestan menos si pasamos desapercibidos.

—¿Y cuando eso pasa, qué los ha salvado?

—Los medios. Las entrevistas.

Paola Pineda y Cannalivio estandarizaron 10 fórmulas para pacientes epilépticos de 40 genéticas distintas de marihuana. Hace una década Jorge Montoya y Mauricio García que viene estandarizando no solo fórmulas de aceites sino plantas.

De una de esas plantas salió la medicina de Luna.

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 Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.
Laboratorio del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

“Inés, te vi en la marcha cannábica con Luna. Hay unos locos que me gustaría presentarte”, le dijo David Ponce, uno de los organizadores de la marcha. A los pocos días, madre e hija tomaron un carro y desembarcaron en los predios de Cannalivio, la pequeña empresa de Jorge y Mauricio que, alquimia mediante, hace de la marihuana una medicina.

Cuando Luna vio la marihuana, corrió hacia las plantas con el mismo frenesí de un caballo desbocado. Inés, con ojos vidriosos, esperó a que David hiciera las presentaciones. La madre contó el caso de su hija y dijo que se salvó gracias a una doctora y sus gotas. Cuando mencionó a Paola Pineda, Jorge le preguntó por el nombre de la niña.

Al escucharlo dijo:

—Inés, nosotros somos los que fabricamos la medicina de Luna.

Las lágrimas por fin se soltaron.

—Esto no es un negocio, es una sinergia. Nosotros nos debemos a los pacientes, los pacientes saben qué necesitan gracias a la doctora, la doctora formula tranquila porque sabe que acá cultivamos porque sabemos que alguien va a rescatar su vida.

 Víctor Villa, químico del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares (Giem) de la Universidad de Antioquia, va a cumplir dos años acompañando la tecnificación del cultivo de Cannalivio, un cultivo libre de toxinas.

El grupo decidió hacer una sociedad con los cultivadores para demostrar la solvencia de 100 mil dólares anuales que pide el gobierno. Son, algo así como, los fiadores de Cannalivio y además una contraparte científica y académica.

***

El cuerpo de Inés reúne trece mariposas, con las últimas dos Luna jamás volvió a convulsionar. En mayo de este año las invitaron para abrir la marcha cannábica. Madre hija caminaron al frente sosteniendo una mata de marihuana. Esta vez nadie les gritó. El caso se hizo famoso y hoy las chicas abanderan la causa.

Los censuradores no gritan, ahora callan. Saben que junto a Luna hay 29 chicos que ya no convulsionan y, aunque mueren de ganas, ninguno es capaz de decirles que no cultiven la mata que los salva.

Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.
Aceite de cannabis de Cannalivio en el Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina.

 

De Punta del Este a la periferia: clubes de cannabis en Uruguay

Por Rafaela Lahore
En Montevideo y Punta del Este

Entre las paredes blancas, impecables, de esa casa de Punta del Este, el peruano Vico Romero habla de su experiencia como sommelier. Él y su compañera argentina, Ana Kirkby, trabajaron con vinos durante quince años en distintos países de Sudamérica. Mucho de lo que aprendieron en esa época sobre cultivos de alta calidad y gustos de los consumidores intentan volcarlo ahora en un nuevo producto: la marihuana.

Hoy en día, ambos se dedican solo a Black Buddha, el club de cannabis con membresía de 200 dólares que fundaron en el balneario más caro del Uruguay.

Vico, que tiene cuarenta años y lleva puesta una remera negra de Godzilla, habla sobre vino o marihuana de forma indistinta. Lo hace como si fueran, en cierto sentido, la misma cosa.

—Cuando enseñaba a mis alumnos cómo vender un vino, les decía: “Nosotros lo último que vendemos es una botella cara de vino, nosotros vendemos un buen momento, calidad de vida, salud, status, glamour”. La gente es capaz de pagar lo que sea por sensaciones. Con la marihuana es lo mismo.

Como Black Buddha, desde el 2015 se habilitaron en Uruguay alrededor de veinte clubes cannábicos, comunidades que cultivan su propia marihuana y la distribuyen entre sus 15 a 45 miembros. Las reglas son claras: pagando una cuota, cada miembro puede llevarse hasta 480 gramos de marihuana por año. La mensualidad la fija cada club y varía.

Vico empezó hace cuatro años. Partió de Lima en su mini Cooper blanco, cruzó el desierto de Atacama, Los Andes y siguió manejando hasta que 23 días después llegó a su destino: la costa de otro océano, el Atlántico, a la altura de Punta del Este, donde hacía tiempo querían vivir con Ana.

Meses después de instalarse en la ciudad esteña comenzó a cultivar su propio cannabis. En el barrio, varios hacían lo mismo.

—En el 2013 todos cultivábamos, nos visitábamos y nos dábamos consejos. Como yo había estudiado viticultura mi cultivo era bien prolijito, ordenadito, sin plagas. Ese verano la mayoría perdió sus cultivos y el mío estaba divino. Ahí nació la idea del club de cannabis, porque al final todos fumaban de mis flores.

La casa es blanca y de dos pisos. Vista desde afuera, es como cualquier otra de Punta del Este. Adentro, en el piso de arriba, se escucha el zumbido continúo de los ventiladores y del aire acondicionado. Debajo de ellos, se despliega el follaje de cuarenta plantas en floración: verdísimas, enormes, perfectas.

Vico cuenta todo lo que hace para lograr plantas como esas: habla de la limpieza de su cultivo, de los filtros para el agua de 300 dólares, de los fertilizantes canadienses.

El club, que tomó su nombre de una estatua de un buda negro que había en su antigua sede, tiene más de veinte socios. Su objetivo es lograr una marihuana por encima del promedio y, según parece, lo logra: por 40 gramos al mes sus socios pagan una de las membresías más caras.

Según Vico, el éxito se lo deben, en parte, a la luna. Con su mujer aprendieron sobre cultivos biodinámicos en la viticultura. “Así se logran los mejores vinos”, dice. En el club germinan, podan y cosechan, también siguiendo las fases lunares. Vico dice que la marihuana es más aromática y sabrosa si se cosecha según el calendario lunar.

Luego se sienta en el piso de la habitación para trabajar entre sus plantas, con su cuerpo grande, con su ropa oscura, como si fuera un buda negro bajo la potencia de seis lámparas de 600 watts.

El patrón de las estaciones

En esta habitación no llega la luz del día. Tampoco la humedad de la noche. Ni el viento. Al fondo del jardín de esta casa de Sayago, un barrio ubicado al norte de Montevideo, hay un galpón. Allí, Pedro Bianchi, educador de 30 años, abre puertas, señala instrumentos, exhibe las casi cien plantas florecidas del club cannábico Tricoma.

Sobre los estantes hay jeringas, tarros plásticos con polvos, lápices negros, una mesa con libros. En la portada de uno de ellos, se ve una muchacha de estética vintage, amasando con delantal. Al costado se lee: “30 deliciosas recetas para cocinar con marihuana”.

A las plantas las cultivan en interior casi por costumbre, porque cuando plantar todavía era ilegal, lo hacían a escondidas en sus apartamentos. Además, dice Pedro, pueden controlar mejor las condiciones del cultivo, ya que el cannabis es una planta que necesita 18 horas de luz y empieza a florecer cuando recibe menos iluminación.

—Afuera no podríamos controlar todo. Acá yo soy el que decide lo que pasa en la naturaleza. La luz en este cuarto siempre está prendida durante 18 horas, o sea, siempre es verano.

Al romper con el ciclo natural de la planta (una cosecha por año), puede cosechar muchas veces en ese tiempo.

En el otro cuarto siempre es otoño. Allí, Pedro hace florecer las plantas. Las luces fuertes, prendidas durante 12 horas diarias, inundan un espacio pequeño y abigarrado. En él hay casi un centenar de plantas hidropónicas de doce variedades de marihuana. La temperatura está regulada con aire acondicionado y el viento lo simulan con un par de ventiladores. Pedro explica su cultivo y cuando lo hace nombra elementos que podrían resultar extraños, remotos: aceite de Neem —para evitar plagas— o quelato de hierro y sulfato de cobre, para enriquecer la solución nutriente hidropónica.

En Tricoma no solo saben de plantas, sino también de robótica. Todo lo que sucede está monitoreado por sensores. Así se enteran de algún problema en el cultivo: si se prendió una luz indebida o si la temperatura del aire no es la adecuada. Los miembros del club pusieron en funcionamiento ese sistema sin saber demasiado, probando, intentando ahorrar todo lo que podían.

Cada uno de los socios de Tricoma paga una matrícula de 4000 pesos uruguayos (140 dólares) para entrar al club, y 3100 pesos (110 dólares) por mes para recibir cuatro variedades de marihuana. Cada integrante recibe información detallada sobre la trazabilidad de las plantas cosechadas. Por eso, todas están numeradas, y se registran sus etapas y los nutrientes que reciben.

Creen que, algún día, todos esos datos podrían convertirse en conocimiento.


Una planta para mi hijo

Se ven desde antes de llegar a la casa. En el frente, sobre la ventana, hay ocho plantines de marihuana dispuestos en hilera como si fueran una especie de proclama. Álvaro “Chula” Calistro, artesano y cultivador de marihuana, dice que los puso hace años para terminar con el mito, para mostrar que simplemente son plantas como cualquier otra. Él cultiva hace 25 años.

En el fondo de su casa, donde funciona el Manga Rosa Social Club, unas cuarenta plantas crecen a cielo abierto: en macetas, en bidones de agua, en cisternas plásticas cortadas por la mitad. Están en distintas etapas. Algunas tienen hojas pequeñas y otras, altas y florecidas, despliegan sus tallos largos en el jardín.

El club está en una cuadra de casas bajas, humildes, en el barrio Cerrito de la Victoria. Álvaro, de 46 años, cree que puede promover el cultivo de cannabis en el barrio como una vía para disminuir el consumo de drogas duras y escapar del narcotráfico.

En el medio del jardín, entre decenas de plantas y un Volkswagen arruinado, Pacha, la compañera de Álvaro, cuenta quiénes se acercan al club.

—Las madres vienen a preguntar por las plantas. Es para que los gurises no vayan a las bocas. Vienen y dicen: “quiero comprarle una planta a mi hijo”. Compran la tierra, y después se interiorizan con la tintura.

Álvaro cuenta que en el Manga Rosa Social Club no solo cultivan marihuana para fumar, sino que también hacen tinturas, aceites y cremas de cannabis que utilizan los vecinos para aliviar dolores. “Es el boom en los vecinos adultos mayores de la vuelta”, dice Álvaro.

—No somos un club. Somos casi una cooperativa, una tribu, que apuntamos sobre todo a lo terapéutico.

Los miembros no pagan una cuota fija. Suelen funcionar a trueque y, tal vez por eso, a menudo llegan vecinos a la casa: señoras de 60 años que traen envases para las tinturas o bidones para cultivar las plantas. Otras veces son muchachos que pasan el día en la calle y se acercan para trabajar con la tierra o para fumar.

Las plantas continúan sobre la ventana del frente, desprotegidas. Nadie se las lleva. La estrategia, parece, es la cercanía. “No hay mejor seguridad que integrarte”, asegura Álvaro, convencido, entre el verde de su jardín.

Abuelas que fuman: probar cannabis en la tercera edad

Por Federico de los Santos
En Montevideo

Soledad es flaca, canosa y tiene 81 años. Vive en un apartamento frente a la rambla montevideana. Creció en los años 30 en un barrio humilde, en un mundo sin televisores ni heladeras y con un solo teléfono en toda la cuadra. La palabra cannabis no sonaba, ni siquiera como algo lejano. Cuando la escuchó por primera vez, se asociaba con la mala vida, con los faloperos. Cuando descubrió que su hija, nacida en los 60, fumaba marihuana, se enojó. Pero verla hacer las cosas bien en el trabajo y los estudios la hizo ablandar sus prejuicios. Después, se enteró de que sus nietos compartían algún porro cada tanto con sus amigos.

—Vi que no les afectaba para nada el comportamiento y que no era cuestión de todos los días, que era de esas previas y bailes. Así que lo acepté.

María, de 64 años, tiene canas blancas en su pelo gris. Creció también en un mundo donde el cannabis estaba rodeado de fantasmas. Nació en Tacuarembó, un pueblo del interior de Uruguay donde chocaban las ideas conservadoras con la efervescencia cultural de jóvenes músicos y poetas que, de todas formas, no estaban cerca de la marihuana. Ni siquiera se escuchaba la palabra: simplemente se hablaba de “droga” y “drogadictos”.

—La gente decía cosas como “hizo eso porque estaría drogado”. Lo mismo que se sigue diciendo hoy.

María y Soledad, además de ser señoras mayores, tienen algo en común: fuman porro a una edad en la que las mentes, en general, se van poniendo más conservadoras. Crecieron en un país donde el prohibicionismo era la única respuesta a las drogas, prácticamente 50 años antes de que la marihuana se convierta en una costumbre, en una política de Estado.

***


—Dale, abuela, contá la historia—
, le decían siempre sus nietas. Porque si fumar marihuana a los 79 años es algo poco común, las primeras pitadas de Soledad son parte de una anécdota más que inusual. En su balcón con vista al mar, cuenta que todo comenzó con una amiga muy cercana que tenía los días contados a causa del cáncer.

—No me quiero morir virgen—, le dijo a Soledad un día. Tenía hijos. Hablaba, por supuesto, de debutar con la marihuana.

—¿Vos me ayudás a conseguir y fumar?

La misma nieta que siempre le pide que repita la anécdota fue el nexo. Le consiguió un “cigarrito de marihuana” envuelto en un coqueto papel con las instrucciones para fumarlo. Pero uno de los hijos de Soledad, que define como “estricto y religioso”, lo desapareció.

Cuando internaron a su amiga, vio una nueva oportunidad. Planificaron, entre las dos, probar uno en los jardines grandes del sanatorio. Pero faltaba conseguirlo.

Un sábado se decidió. Se subió a un taxi para llevarle comida a su amiga. Su esposo la acompañó hasta el coche y le dijo al conductor “cuidámela”. Fue como un presagio.

En la mitad del camino, se le plantó a taxista.

—¿Tu fumás marihuana?
—Sí, de noche. Llego tan agotado del taxi que me sirve para relajarme.
—¿Entonces me podrías comprar?
—Sí, claro. Son cinco minutos de ida, cinco para comprar y cinco para volver.
—Vamos.

Taxista y Soledad llegaron a una zona “marginal” de la ciudad. La ley de control y distribución de la marihuana ya había sido aprobada, pero no estaba reglamentada. Fumar era legal, pero la única vía de acceso seguía siendo el mercado negro.

Con el taxi aún sumando fichas, pararon y él compró. Eran cuatro bolsitas de nailon negro. “Yo no sé qué hacer con esto”, dijo Soledad. Como un chamán motorizado, el taxista paró frente a una seccional. “Es el lugar más seguro”, contestó ante la expresión de sorpresa de ella. El docente improvisado sacó hojillas, le enseñó a desmorrugar (picar el cannabis), armar y aguantar el humo. Los policías entraban y salían y el tic tac del taxi seguía sumando. Entonces, el conductor recordó el pedido del esposo de Soledad y se preguntó en voz alta si realmente la estaba cuidando.

Dos caladas después, ya le había hecho efecto. Veía “el mundo raro”. Se complicaba sacando los billetes para pagar.

El taxista se preocupó.

—¿Se siente bien, señora?
Le mintió.
—Sí, sí…

Bajó con el paquete de comida y miró el camino que le esperaba para llegar al sanatorio. Un portón, un jardín, escalones que se movían y parecían eternos.

—Te podés sentir bien si estás en una fiesta, pero si estás viendo a alguien morir, es para peor.

Lo explica en su balcón, prendiendo un cigarro. Su primer porro le pegó para abajo. Aprendió, de una, lo importante del contexto para fumar. 

—Me senté con mi amiga y pensé lo que me hizo a mí, no tenía sentido que se lo hiciera a ella. Así que no le conté nada.

—Murió “virgen”.
—Sí. Murió “virgen”.

La amiga se terminó enterando de la historia, que le arrancó varias carcajadas que le alegraron sus últimos días. También fue motivo de charla y diversión en el velorio. La risa apareció como un mecanismo de defensa ante el duelo y la idea de la muerte propia.

***

A pesar de haber vivido el exilio de la dictadura uruguaya en Suecia, donde la libertad y la información en cuestión de drogas era inimaginable para América en los años 80, María mantenía algunos prejuicios hacia el porro y el resto de las sustancias, legales e ilegales.

De joven, había militado en un movimiento de izquierda, de los que luego del golpe de Estado fueron finalmente proscriptos. Tenía barreras ideológicas hacia todas las sustancias que generaran dependencia, como el alcohol, el tabaco e incluso la Coca-Cola. En su círculo se había instalado la idea de que el joven drogado era dominable, “influenciable por los tentáculos del capitalismo”, recuerda.

Algunos muros se fueron derrumbando durante los años 90, cuando vio que sus hijas fumaban y cumplían a nivel educativo y laboral. Además, María empezaba a valorar los incipientes movimientos sociales y políticos a favor de la apertura hacia la marihuana.

—Creo que es un salto importante en la libertad individual de la gente.

También veía el costado oscuro. La represión en auge contra los cultivadores. La falta de información de la gente. Los jóvenes iban presos porque a un juez se le ocurría que el cannabis en sus bolsillos debía ser para vender y no para consumo propio.

Un día, su yerno le dejó unas plantas, se iba de viaje y no las podía cuidar. El olor dulzón flotaba en el jardín, se colaba dentro de la casa y en las casas de los vecinos que dedicaban algunas miradas de desconfianza. Cuando las flores empezaron a brotar y las hojas se asomaron por encima del muro de su fondo, tomó la dura decisión de eliminarlas. Algo que le causaría problemas con su yerno. Pero antes tuvo la precaución de juntar los cogollos.

Pasó una década y llegó la ley de regulación del cannabis en Uruguay. Además, tuvo una experiencia y el sentimiento que la poda había sido buena decisión.

Un día, llegó a su casa y vio un despliegue de policías rodeando la casa de un vecino.

—Eran como 11, vestidos para la guerra, con armas cortas y largas. Se llevaron dos o tres camionetas llenas de plantas. No hubo consideración alguna. Estoy casi segura de que fue una denuncia de un vecino. No hay otra explicación.

María decidió ir con sus hijas a expresarle solidaridad al vecino. Ella lo conocía y sabía que era un hogar, no una boca de venta ilegal. “No sabemos qué piensan los demás, pero nosotros no pensamos eso”, le dijo. Había visto la represión, el autoritarismo y suponía la denuncia anónima de los vecinos, cosas que le traían malos recuerdos de malas épocas para el país.

***

Sobre la mesa hay una cajita azul. Adentro, una pipa de agua pequeña, de vidrio, con forma de botellita de refresco. También hay un frasco de mermelada de durazno lleno de flores de cannabis. Al desenroscar la tapa se escapa el olor fresco, con dejo a pino. Ese es el kit para fumar que muestra Soledad, orgullosa.

Después de su primera y terrible experiencia, Soledad se desinteresó por la marihuana hasta que un día, consultando por una artrosis que le causa dolores en todo el cuerpo, su médico de confianza le recomendó que se fumara unos porritos para relajarse.

—El dolor es un círculo vicioso: te duele, te empezás a contracturar y te duele más. Si te relajás, por lo menos el círculo se corta.

María también se sentía mal. Sufría jaquecas y, por medio de su hija, consiguió marihuana para distenderse, relajarse y conversar. Tiene pensado planteárselo a su médico, para volverlo una práctica sistemática. Confía más en las plantas, en la medicina natural, que en los químicos. Está pensando en comprar cannabis cuando se comience a vender en las farmacias, algo que sucedería, promete el gobierno, en algún momento de este año.
Por ahora usa la marihuana que le regala su hija, inscripta en un club de membresía.

Soledad empezó a cultivar la costumbre de fumar antes de dormir. No sólo se relaja: también disfruta del efecto psicoactivo.

—Me acuesto y cada cosa que pienso, naturalmente crea una imagen.
—¿Imágenes agradables?
—Sí. Y pensamientos desordenados. Finalmente me duermo, y duermo bien.

Soledad insiste. No queda otra que aceptar una flor de variedad índica de regalo. Ella tapa el frasco.

—Mirá que con esto tengo como para un año.