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De Punta del Este a la periferia: clubes de cannabis en Uruguay

Por Rafaela Lahore
En Montevideo y Punta del Este

Entre las paredes blancas, impecables, de esa casa de Punta del Este, el peruano Vico Romero habla de su experiencia como sommelier. Él y su compañera argentina, Ana Kirkby, trabajaron con vinos durante quince años en distintos países de Sudamérica. Mucho de lo que aprendieron en esa época sobre cultivos de alta calidad y gustos de los consumidores intentan volcarlo ahora en un nuevo producto: la marihuana.

Hoy en día, ambos se dedican solo a Black Buddha, el club de cannabis con membresía de 200 dólares que fundaron en el balneario más caro del Uruguay.

Vico, que tiene cuarenta años y lleva puesta una remera negra de Godzilla, habla sobre vino o marihuana de forma indistinta. Lo hace como si fueran, en cierto sentido, la misma cosa.

—Cuando enseñaba a mis alumnos cómo vender un vino, les decía: “Nosotros lo último que vendemos es una botella cara de vino, nosotros vendemos un buen momento, calidad de vida, salud, status, glamour”. La gente es capaz de pagar lo que sea por sensaciones. Con la marihuana es lo mismo.

Como Black Buddha, desde el 2015 se habilitaron en Uruguay alrededor de veinte clubes cannábicos, comunidades que cultivan su propia marihuana y la distribuyen entre sus 15 a 45 miembros. Las reglas son claras: pagando una cuota, cada miembro puede llevarse hasta 480 gramos de marihuana por año. La mensualidad la fija cada club y varía.

Vico empezó hace cuatro años. Partió de Lima en su mini Cooper blanco, cruzó el desierto de Atacama, Los Andes y siguió manejando hasta que 23 días después llegó a su destino: la costa de otro océano, el Atlántico, a la altura de Punta del Este, donde hacía tiempo querían vivir con Ana.

Meses después de instalarse en la ciudad esteña comenzó a cultivar su propio cannabis. En el barrio, varios hacían lo mismo.

—En el 2013 todos cultivábamos, nos visitábamos y nos dábamos consejos. Como yo había estudiado viticultura mi cultivo era bien prolijito, ordenadito, sin plagas. Ese verano la mayoría perdió sus cultivos y el mío estaba divino. Ahí nació la idea del club de cannabis, porque al final todos fumaban de mis flores.

La casa es blanca y de dos pisos. Vista desde afuera, es como cualquier otra de Punta del Este. Adentro, en el piso de arriba, se escucha el zumbido continúo de los ventiladores y del aire acondicionado. Debajo de ellos, se despliega el follaje de cuarenta plantas en floración: verdísimas, enormes, perfectas.

Vico cuenta todo lo que hace para lograr plantas como esas: habla de la limpieza de su cultivo, de los filtros para el agua de 300 dólares, de los fertilizantes canadienses.

El club, que tomó su nombre de una estatua de un buda negro que había en su antigua sede, tiene más de veinte socios. Su objetivo es lograr una marihuana por encima del promedio y, según parece, lo logra: por 40 gramos al mes sus socios pagan una de las membresías más caras.

Según Vico, el éxito se lo deben, en parte, a la luna. Con su mujer aprendieron sobre cultivos biodinámicos en la viticultura. “Así se logran los mejores vinos”, dice. En el club germinan, podan y cosechan, también siguiendo las fases lunares. Vico dice que la marihuana es más aromática y sabrosa si se cosecha según el calendario lunar.

Luego se sienta en el piso de la habitación para trabajar entre sus plantas, con su cuerpo grande, con su ropa oscura, como si fuera un buda negro bajo la potencia de seis lámparas de 600 watts.

El patrón de las estaciones

En esta habitación no llega la luz del día. Tampoco la humedad de la noche. Ni el viento. Al fondo del jardín de esta casa de Sayago, un barrio ubicado al norte de Montevideo, hay un galpón. Allí, Pedro Bianchi, educador de 30 años, abre puertas, señala instrumentos, exhibe las casi cien plantas florecidas del club cannábico Tricoma.

Sobre los estantes hay jeringas, tarros plásticos con polvos, lápices negros, una mesa con libros. En la portada de uno de ellos, se ve una muchacha de estética vintage, amasando con delantal. Al costado se lee: “30 deliciosas recetas para cocinar con marihuana”.

A las plantas las cultivan en interior casi por costumbre, porque cuando plantar todavía era ilegal, lo hacían a escondidas en sus apartamentos. Además, dice Pedro, pueden controlar mejor las condiciones del cultivo, ya que el cannabis es una planta que necesita 18 horas de luz y empieza a florecer cuando recibe menos iluminación.

—Afuera no podríamos controlar todo. Acá yo soy el que decide lo que pasa en la naturaleza. La luz en este cuarto siempre está prendida durante 18 horas, o sea, siempre es verano.

Al romper con el ciclo natural de la planta (una cosecha por año), puede cosechar muchas veces en ese tiempo.

En el otro cuarto siempre es otoño. Allí, Pedro hace florecer las plantas. Las luces fuertes, prendidas durante 12 horas diarias, inundan un espacio pequeño y abigarrado. En él hay casi un centenar de plantas hidropónicas de doce variedades de marihuana. La temperatura está regulada con aire acondicionado y el viento lo simulan con un par de ventiladores. Pedro explica su cultivo y cuando lo hace nombra elementos que podrían resultar extraños, remotos: aceite de Neem —para evitar plagas— o quelato de hierro y sulfato de cobre, para enriquecer la solución nutriente hidropónica.

En Tricoma no solo saben de plantas, sino también de robótica. Todo lo que sucede está monitoreado por sensores. Así se enteran de algún problema en el cultivo: si se prendió una luz indebida o si la temperatura del aire no es la adecuada. Los miembros del club pusieron en funcionamiento ese sistema sin saber demasiado, probando, intentando ahorrar todo lo que podían.

Cada uno de los socios de Tricoma paga una matrícula de 4000 pesos uruguayos (140 dólares) para entrar al club, y 3100 pesos (110 dólares) por mes para recibir cuatro variedades de marihuana. Cada integrante recibe información detallada sobre la trazabilidad de las plantas cosechadas. Por eso, todas están numeradas, y se registran sus etapas y los nutrientes que reciben.

Creen que, algún día, todos esos datos podrían convertirse en conocimiento.


Una planta para mi hijo

Se ven desde antes de llegar a la casa. En el frente, sobre la ventana, hay ocho plantines de marihuana dispuestos en hilera como si fueran una especie de proclama. Álvaro “Chula” Calistro, artesano y cultivador de marihuana, dice que los puso hace años para terminar con el mito, para mostrar que simplemente son plantas como cualquier otra. Él cultiva hace 25 años.

En el fondo de su casa, donde funciona el Manga Rosa Social Club, unas cuarenta plantas crecen a cielo abierto: en macetas, en bidones de agua, en cisternas plásticas cortadas por la mitad. Están en distintas etapas. Algunas tienen hojas pequeñas y otras, altas y florecidas, despliegan sus tallos largos en el jardín.

El club está en una cuadra de casas bajas, humildes, en el barrio Cerrito de la Victoria. Álvaro, de 46 años, cree que puede promover el cultivo de cannabis en el barrio como una vía para disminuir el consumo de drogas duras y escapar del narcotráfico.

En el medio del jardín, entre decenas de plantas y un Volkswagen arruinado, Pacha, la compañera de Álvaro, cuenta quiénes se acercan al club.

—Las madres vienen a preguntar por las plantas. Es para que los gurises no vayan a las bocas. Vienen y dicen: “quiero comprarle una planta a mi hijo”. Compran la tierra, y después se interiorizan con la tintura.

Álvaro cuenta que en el Manga Rosa Social Club no solo cultivan marihuana para fumar, sino que también hacen tinturas, aceites y cremas de cannabis que utilizan los vecinos para aliviar dolores. “Es el boom en los vecinos adultos mayores de la vuelta”, dice Álvaro.

—No somos un club. Somos casi una cooperativa, una tribu, que apuntamos sobre todo a lo terapéutico.

Los miembros no pagan una cuota fija. Suelen funcionar a trueque y, tal vez por eso, a menudo llegan vecinos a la casa: señoras de 60 años que traen envases para las tinturas o bidones para cultivar las plantas. Otras veces son muchachos que pasan el día en la calle y se acercan para trabajar con la tierra o para fumar.

Las plantas continúan sobre la ventana del frente, desprotegidas. Nadie se las lleva. La estrategia, parece, es la cercanía. “No hay mejor seguridad que integrarte”, asegura Álvaro, convencido, entre el verde de su jardín.

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